miércoles, enero 25, 2006

Suicidarios

“LONDRES (Reuters) -- Entre 100 y 230 miembros de un culto apocalíptico de Uganda murieron en lo que aparentaría ser un ritual de suicidio masivo el viernes por la tarde, según las autoridades.
A continuación, una lista de algunos de los suicidios masivos registrados en el pasado cuarto de siglo.
• 26 de marzo, 1997 -- La policía encontró los cuerpos de 29 hombres y mujeres en una mansión a las afueras de San Diego. Las víctimas, que pertenecían al culto de la Puerta del Cielo, se suicidaron creyendo que un ovni oculto detrás de una cometa los llevaría al cielo.
• 23 de marzo, 1997 -- La policía de Saint Casimir, en Quebec, Canadá, encontró los cuerpos carbonizados de tres mujeres y dos hombres dentro de una casa que pertenecía a un miembro del Templo del Sol, una secta internacional que sostiene que el suicidio ritual es la vía para renacer en un sitio llamado "Sirius".
• Diciembre 1995 -- Dieciséis miembros del Templo del Sol fueron encontrados quemados en una casa en las afueras de Grenoble, en los Alpes Franceses. Entre los muertos había dos policías franceses.
• Octubre 1994 -- La policía encontró 48 cuerpos quemados de miembros del Templo del Sol, en una granja y tres chalets en Suiza. Al mismo tiempo en Quebec, cinco cuerpos, incluyendo el de un menor de edad, fueron hallados en un pueblo llamado Laurentians, al norte de Montreal.
• Octubre 1993 -- 53 miembros de un remoto pueblo vietnamita, cometieron suicidio masivo con fusiles de chispa y otras armas primitivas, creyendo que irían directamente al cielo. Las autoridades afirman que todos fueron víctimas de una engaño organizado por Ca Van Liem, un hombre ciego que recaudaba grandes donaciones para prometer un pronto camino hacia el paraíso.
• 19 de abril, 1993 -- Al menos 70 miembros del culto Davidiano murieron luego de un incendio y tiroteos con la policía y con agentes federales. Concluyó de esta manera un asedio de 51 días en una sede de la secta cerca de Waco, Texas.
• Diciembre 1991 -- 30 personas, incluido un ministro religioso, murieron sofocadas en México dentro de una iglesia mientras rezaban y el ministro les pedías que ignoraran el gas tóxico.
• 18 de noviembre, 1978 -- Un paranoico pastor estadounidense, el reverendo Jim Jones, condujo a 914 personas a la muerte en Jonestown, Guyana. Muchos de ellos tomaron un jugo frutal que contenía cianuro, y los que se rehusaron a beber el líquido, fueron asesinados a tiros. Jones tenía en su iglesia un signo que decía "Aquellos que olvidan el pasado, están condenados a repetirlo".
Copyright 2000 Reuters Limited. Derechos Reservados.”
Nicolás releía constantemente las notas de Reuters sobre los suicidios masivos. Discrepaba de quienes lo consideraban contranatural; mas bien, era innato al Ser, a su condición humana. Además –se interrogaba- ¿no es la primera causa de muerte en el mundo antes que los conflictos bélicos y los homicidios?.

Tenía sentimientos encontrados con los hombres-bombas en Irak. No es justo –murmuraba de camino al cibercafé- asesinar niños, ancianos, mujeres y hombres cuando estos no tenían ningún deseo de servir antes de tiempo de fertilizante orgánico para los álamos y sauces de su país. Pero esa fe ciega en un paraíso con setenta huríes de ojos negros que prometen un orgasmo de mil años, se percibía apetecible. Además, –concluía-, eso no es autodestrucción, ¡es autodeterminación!, ser un voluntariado de la muerte –desde el punto de vista de la fe- se llama liberación.
Siempre terminaba su solitaria disertación metros antes de llegar al cibercafé. Pedía tiempo de conexión abierto y navegaba a sus anchas en un viaje a la deriva.
Prefería los sitios consagrados a la muerte. Desde el portal de Rotten, hasta los dedicados al día de los muertos en México. Disfrutaba las fotografías de las crónicas policiales: mutiladas, laceradas, castrados, amputados. Se enganchaba al fósforo del monitor cuanto mas roja era la sangre. No podía evitar deleitarse con lo luctuoso.
Nicolás vestía siempre de blanco, desde que leyó un artículo en la red sobre los orígenes del vestirse de negro. Hacia memoria entorno a ello; “En lo funerales se vestían de negro para protegerse del alma del difunto cuyo destino no estaba claro, mientras no resolviera sus cuentas pendientes en la Tierra”. Así que él decidió enfrentarse a los difuntos del mundo para ver si se lo llevaban en cambote, y se trajeó de blanco.
El “santero de la muerte”, fue el apodo dado por lo clientes del cibercafé que lo observaban disfrutar de un suceso cotidiano: La muerte como espectáculo. No pasaría mucho tiempo para que los difuntos que él incitaba, empezaran a abrirle el camino que tanto había clamado. Los difuntos le iban a jugar una mala pasada.
Son esos días en los que crees que no pasará nada, donde lo inerte de una tarde de hastío, señala un final sin ganadores ni perdedores. Pero no fue así, Nicolás minutos antes de sentenciar su desconexión a Internet, había encontrado una web que le llamó la atención: Un blog para suicidarios, -foros, boletines, chat y demás-. Tuvo una sensación extraña: Veía su rostro como calavera reflejado en el monitor, y sentía que ya pertenecía hace tiempo a esa comunidad.
Ojeó el blog de arriba abajo: Técnicas para suicidarse, historias, dudas, reflexiones en relación al dolor, medicamentos, fotografías y lista de suicidarios en espera. Nada mal, –comentaría-, él estimaba que podía aportar sus conocimientos sobre ello.
Se registró en el blog con el nick: esperando_por_ti. Insípido alias sino fuera por que tenía un significado hermético: se enfrentaría al hombre de la guadaña. Fueron días felizmente funestos: Muchas conversaciones sobre quienes se fueron. Reflexiones del porque de los arrepentidos. Reenvió de correos dando apoyo. Fue un arduo trabajo, estaba agotado, pero se consideraba dichoso de haber colaborado.
Los suicidarios, descartaban como originario la moda del suicidio colectivo adolescente en Japón, pues –juzgaban ellos- que tenia que ver con costumbres, características y motivos propios de ese archipiélago, y la idea es ir contra la corriente. Ellos tenían su adalid: el que venció a la vida, para darle vida a la muerte.
Para ellos un italiano fue el primer blogero suicida. Y mantenían su blog en la red. Nicolás lo visitaba cada vez que flaqueaba. Lo contemplaba por largos ratos: Era como entrar al cuarto de un difunto donde el cadáver esta tibio. Una atmósfera cargada de interrogantes te pasma. Sientes el caos desesperantes de las células del finado intentar huir de la muerte. Y el inevitable olor que se desprende con su carga letal de metano. ¿Quién iba a imaginar que podías tocar a un muerto manoseando un ratón o mouse?.
Ahora si. Nicolás estaba listo para enfrentar a la guadaña. Debía ser sobrecogedor para excitar las neuronas de sus compañeros y dar testimonio de su dogma. Había pasado la iniciación: murió para renacer, para volver a morir y darle vida a la muerte. Dejo los detalles de su cercano suicidio en el foro de la comunidad y envió mail a la lista de discusión.
Los detalles de su ida al más allá reventaban las estadísticas del servidor: “Me suicidaré arrojándome al Metro, mientras declamo una oda a la muerte”. Nada original y bastante cursi, pero él pensaba que lo central era la declamación.
En una estación del Metro del este de la ciudad, él esperaba que llegara el tren. Llevaba un papel en sus manos. Era domingo y esa mañana había pocos usuarios del sistema. Nicolás fijaba su mirada en la hoja, como en trance. El tren llegaba y él gritaba y declamaba como loco su Oda y con ello se lanzaba al los rieles del tren.
El veía mucha sangre, ¿veía?. Él en esos segundos donde la muerte lo esperaba con sus gélidos brazos, no pudo lanzarse y la sangre que había visto se tornó barro arrojado desde los rieles. Su poema nunca lo declamó, cayó al piso de la estación, mientras la succión de un tren alejándose se lo llevaba para siempre.
Ahora Nicolás visita el cibecafé todos los días, pide tiempo ilimitado, apaga la pantalla del monitor y pone su vista sobre lo negro y profundo de un monitor muerto. Nicolás no murió, pero está muerto.

martes, enero 24, 2006

Sucedió en navidad

Son esos días en que solo se escucha el silbar sin rima del aire acondicionado de la tienda. Ya se ha hecho frecuente en las festividades. En esas fechas los cibernautas se desconectan de la red para reconectarse a la vida, solo aquellos que niegan renunciar a Internet se someten a su trance. En esos días especiales siempre solía Ella venir, sobre todo en navidad. Fue el año pasado, ese Diciembre abrió la puerta del cibercafé minutos después de recién comenzar la faena. Ella pedía solo lo necesario, contaba las monedas una y otra vez para asentar su número exacto y no pedir de más o de menos. Ingresaba con mucha dificultad a su cuenta de correo. Pero ese nuevo mundo enrevesado le traía al final una excelsa victoria: la carta de su amante, de aquel que le arrancó las horas de sueño y se la embadurnó en la piel con quimeras en un mundo despierto.
Leer cada palabra de el, era libar la miel que seguro podía emerger mas allá de sus labios. Su piel volvía a revivir y sus poros sentían el sismo de una dermis en plena explosión. Los ojos, por Dios, sus ojos muchas veces velados y cansados, resucitaban con el brillo de un cristal fino. Leía, releía, volvía a leer, era la pasión por el hombre que más ha amado, el que despertó su dormido frenesí. Las carta de el, eran un pecho abierto, un corazón al aire, un ser sin pecado original. Los emilios de ella llevaban la fragancia de la sinceridad y la dulzura del almíbar del membrillo en otoño. Y de otoño sabían los dos. El carteo, como ellos lo llamaban, confirmaba que las almas gemelas si existen. Ella jamás se casó, el tampoco. Ella amaba la poesía, el también. Tenían gatos en sus hogares, Soñaban conocer India y disfrutaban de la comida vegetariana.
Nunca se enviaron fotografías, ni hablaron por teléfono. Querían que la vida le deparara una sorpresa, aunque dentro de cada uno de ellos, había certeza de que habían lanzado el dardo del querer y lo apuntaron de manera correcta.
Amaneció extraño ese día, el aire acondicionado no silbaba, era como si su mudez fuera adrede, esperando algún acontecimiento. Ella abrió la puerta, esta vez, y por primera pedía tiempo abierto. Afanosa revisó su correo y encontró lo que buscaba; El llegaba hoy a Caracas y le confirmaba que se encontraría con ella en el cibercafé. De repente, el silbar sin rima dio principio, soplaba con más ímpetu. Se abrió la puerta del cibercafé y apareció el, ella volteó y lento se volvió el tiempo. El silbar del aire acondicionado tenía la compañía de dos corazones estimulados. Se veían por primera vez, se rozaban sintiendo sus cercanías, se tocaban sin tocarse.
Por fin se conocieron, aunque ya se conocían. Se abrazaron, se besaron y dos brasas hicieron combustión, carbonizando lo que los separaba. En fin, ella tenía setenta y cinco años y el ochenta años.

domingo, enero 22, 2006

El lexicógrafo y los falsarios

José apostaba a los caballos junto a su fiel amigo Arévalo. El destino los había unido con pega loca o crazy glue. Desde mi punto de vista eran totalmente antagónicos. Arévalo; jugador, pica flor y pica pleito. José; reservado, observador, culto y en algunos momentos ingenuo.
Visitaban el cibercafé todos los viernes, o algunos sábados. Eso sí, siempre juntos. José navegaba por horas, mientras Arévalo lo observaba. Parecía un muñeco de tela negra hecho por Reverón. Se tiraba en la silla y estiraba los pies.
A partir de ahí no se movía hasta tanto José decidiera terminar de navegar y lo acompañara a los remates de caballo.
Arévalo solo se animaba cuando sus niveles de nicotina tocaban las puntas de los dedos de sus pies. Salía del cibercafé y fumaba en el pasillo dos o tres cigarrillos. Volvía a entrar y repetía el trance Reveroneano ya conocido.
José en ese ínterin de rubios consumidos se permitía concentrarse en la búsqueda de su Santo Grial de los léxico. Él, ya desde hace treinta años coleccionaba diccionarios de idiomas; Afrikaans, Albanés, Alemán, Árabe, Argelino, Bretón, Bielorruso, Cantonés, Catalán, Checheno, Checo, Chino, Coreano, Danés, Eslovaco, Esloveno, Español, Estoniano, Finlandés, Francés, Gaélico, Galés, Gallego , Griego, Hebreo, Hind, Holandés, Húngaro, Indonesio, Inglés, Islandés, Italiano, Japonés, Latín, Lituano, Malayo, Maorí, Noruego, Polaco, Portugués, Quechua, Rumano, Ruso, Sánscrito, Somalí, Sueco, Swahili, Thai, Turco, Ucraniano, Urdu, Vasco, Vietnamita, Yiddish, Zulú y pare Ud. de contar.
Nos hicimos amigos de Juicios de Dios…, me explico, estando yo en la caja registradora del cibercafé me era imposible verle al rostro cuando conversábamos, pues estaba de espalda y muchas veces terminábamos en duelos verbales sobre los temas tratados. Él hacia gala de su erudición, y sabía que muy pocos conocían el tema. Se atrevía a hablar del Esperanto como si de un arte menor se tratara. De hecho, no estaba en su amada colección.
Desde la formalidad del libro logró una impresionante biblioteca que con el tiempo y el descubrimiento de Internet aumentó en su volumen. Tuve la oportunidad de ver una fotografía de aquel pasillo-biblioteca; Me recordaba las grafitecturas de Wucius Wong; Lo alegórico de rectángulos verticalizados, coloreados, repetidos y serializados que terminaban en elementos geométricos desordenados, caóticos y sin color.
Para Arévalo la imagen poética no existía; Era un bojote de libros que José ordenó al principio, pero como ahora se la pasa buscando en Internet, lo que consigue lo imprime en hojas cartas que se le desparraman por todo el pasillo.
A pesar de las criticas de Arévalo, José no perdía la esperanza de encontrar ese Santo Grial que tantos desvelos le había dado. So pena de desestabilizar el orden de su mundo interno. El momento se acercaba…
Del otro lado del mundo tres jóvenes maracuchos que estudiaban arte y diseño en Helsinki, franqueaban sus eternos días de invierno jugando malas pasadas en Internet. Como cuando al venerable profesor de tipografía le fue cambiado el titulo de su blog de: “Blog sobre el Arte de la Tipografía” por “Blog del Mollejuo Tipográfico”. Fue un acontecimiento que conocieron sus amigos en el Zulia. Era como llegar al Everest o visitar El Polo. Pero el sabor del triunfo basado en la chispa maracucha se convirtió en insípido, debían crear su obra maestra de la “mala pasada”.
A uno de ellos que le fue cuesta arriba aprender fines, se burlaba de algunas palabras que le sonaban conocidas. Alimento en fines es rouka y comida näivällinen, así que jugaba con las semejanzas de dicha palabras; “Dame par de rocas” o “Dame una vaina teen”. Ese ejercicio de lo absurdo que rayaba en lo fútil, dio pie a una idea: Crear un territorio en disputa que pareciera real y lograra hacer caer a los incautos.
Esa noche conformados en triada discutieron la forma de llevarlos a cabo. Debían concebir un territorio para esa nueva etnia que presentara ciertas afinidades raciales, lingüísticas, religiosas o culturales. Tomaron el mapa de Finlandia y con un programa de retoque fotográfico le anexaron un pedazo de tierra en el Golfo de Botnia por los lados de Vaasa, como si del mismo Golfo hubiese reflotado un territorio perdido.
Eso no bastaba, ahora se concentrarían en crear una lengua para que les permitiera diferenciarlos. El maracucho dedicado al sarcasmo lingüístico le tocó el arduo trabajo de crear el diccionario. Era como si el Ilmarinnen Dios finlandes del fragoso trabajo lo tocara como penitencia por sus irreverencias.
Voila!, Les llevó seis meses crear la etnia. Mapas, historia, gastronomía, demografía cultura y lengua. Desarrollaron el portal del gobierno local e incluyeron todo lo necesario para que fuese real. Hasta podías rellenar un formulario para que te descargaras automáticamente un diccionario de Tuvaa en formato pdf.
Pasó una semana, José visitó el cibercafé el día sábado. Hoy como extraño acontecimiento no habría ningún muñeco de Reverón en la silla cercana a él. Arévalo estaba enfermo con una gastritis homenaje a los excesos de los días pasado.
Aunque José echaba de menos a su estático amigo, se consolaba con saber que podía concentrase en las búsquedas y sobre todo la de un diccionario que Arévalo dañó sin querer.
Cierta molestia le causaba traer a su memoria como Arévalo en la emoción de la penúltima carrera de caballos, bañó de cerveza su material encuadernado.
Pero, bueno, en el ejercicio del día a día con Internet o en el de darse golpes contra el monitor aprendió algunos trucos para hacer las búsquedas mas eficientes.
Profundizó el uso de las técnicas booleanas, así, pudo localizar gran parte de su nuevo arsenal.
Esa tarde de sábado estaba interesado en relocalizar el diccionario dañado. Era el Tuva; lengua aglutinante hablada en Europa (alto Yenissei), perteneciente a la familia uralo-altaica, grupo turco-tártaro.
Ejecutó el Internet Explorer, localizó su motor de búsquedas preferido y tipeó: diccionario+lenguas+minorias+tuvaa. Pero en la emoción que siempre le embargaba el acto de descubrir, tecleo dos veces la a. No imaginaba que se iba a desestabilizar el orden de su mundo interno.
Ante la confusión del momento de ver lo que no estaba buscando y encontrando lo que buscaba, José se quedó perplejo. ¿Tuvaa?, no sabia que existía, murmuraba. Cambió su mundo y lo enfrento a si mismo. Le susurraba a un arqueado dedo índice que tocaba su barbilla; ¿Entonces?, ¿No soy un erudito?.
Revisó el portal y le impresionó mucho. Tenia mapas, historia, gastronomía, demografía cultura y sobre todo lo que le quitaba el sueño; Lengua.
Volvía a la autoflagelación verbal cabalgando sobre los murmullos y los susurros; ¿Por qué se me pasó por alto?, ¿En treinta años y no sabia del Tuvaa?.
Recuperó el ánimo y se aprestó a buscar dentro del portal donde se podía descargar el diccionario. Era como jugar a encontrar una puerta secreta virtual en la Pirámide de Keops.
De repente se abría ante sus ojos el formulario para descargar el diccionario. No perdió tiempo y lo rellenó, le dio clic al botón bajar y estalló ante sus pantalla una ventana que indicaba el tiempo de bajada del archivo.
De los espasmos del momento pasó a la algarabía. Los asiduos clientes del cibercafé se extrañaban de la actitud de José. Se la achacaban a la pesadumbre de no tener su muñeco de trapo al lado.
Él estaba impaciente, pidió café y comió galletas. La descarga del archivo se asemejaba a los remates de caballos que frecuentaban. La diferencia estaba en que aquí él pujaba por un solo corredor que marcaba raya a raya la segura victoria.
Bajó el archivo en formato pdf al escritorio del computador. Ahora sintió una soledad necesaria.
Era él y su archivo en un perfecto retiro. Acercó el puntero del ratón al icono del documento y le dio doble clic. Se abría antes sus ojos una joya. El diccionario perfecto. Su santo Grial. No deseaba irrespetarlo con una lectura incomoda y fatigante desde los pixeles del monitor.
Decidió, sin escatimar costo, ordenar imprimirlo y llevárselo en papel. El encargado sorprendido por la cantidad de hojas que debía imprimir interrogó varias veces a José, siendo siempre la misma respuesta: Imprimatur et.
Él tomó su diccionario ya encuadernado, abrió apresuradamente la puerta del cibercafé y se perdió por los pasillos.
Esa noche, en el jardín de su casa, sentado en una silla playera, debajo de su mata de mango, revisaba el material impreso y se detenía en palabras que le parecían cercanas al castellano: Mangoaaa en Tuvaa que significaba fruto. José en un soliloquio jugaba con ellas; “Sí este es el fruto de mi esfuerzo” o “Sí este es el Mangoaaa de mi esfuerzo” y reía a carcajadas.
En Helsinki los maracuchos también revisaban su obra y se detenían en la palabra mangoaaa. Recordaban que fue un homenaje a esa fruta que tenían tiempo sin paladear; Un sabroso manguito de hilacha.